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La primera vida de Ariadna. Episodio 9

El último juego

A nadie le gusta que le culpen de matar a nadie, a nadie, ni siquiera de matar a un amigo, a una relación que ya estuviera muerta hacía años.

Desde hacía unos meses la abuela trataba a Ariadna como si fuera la misma tía Teresa, revivida, revivida con cinco años, y la niña entonces se aprovechaba, se transformaba, pero la verdad es que cuando llegaba a casa de su abuela, a la anciana se le despejaban los agobios y se volvía tan niña como sus nietas, la falsa Teresa se convertía en la generala Teresa, imponía sus gustos y conseguía que su abuela revisara anécdotas o cantase coplitas que hacía años nadie había escuchado, y se crecía, la niña se sentía importante. La tía Elena le sonreía como a una santa o una niña prodigio de la psicología, para darles gusto las visitas se prolongaban cada vez más. ¿Y cuándo vas a volver? Preguntaba la abuela si el padre hacía gesto de despedirse. ¿Volveréis mañana? ¿Vendrás Teresita mañana? Se sentían con ese deber y regresaban casi todos los días, doña Encarna parecía reponerse.

—Pero es contraproducente — se quejaba la madre —, la niña no hace más que agravarle la demencia senil, no ganamos nada, sólo sirve para aumentar el desbarajuste y subirle los humos a la cría, se nos va a poner imposible.

—¿Qué mal le puede hacer a mi madre, cariño? A esa edad ninguna felicidad puede dañarle — declaró el padre —, no te preocupes.

Esos poderes de Ariadna fueron una complicación, otra pequeña tortura, porque al padre le hería esa cruel enfermedad de la abuela, a veces sentía su desmemoria como una caricatura, esa mujer tan querida, esa anciana, se derretía, se quedaba sin conocimiento, sin el sentido tan suyo de la realidad, de las cosas pasadas y presentes, y entonces era él mismo el que perdía el sentido, el que perdía la nitidez de los contornos mínimo, necesarios para la vida. Anhelaba la vieja ironía de esa anciana, tan sabia, tan orgullosa, ya desbordada por la vejez, ya casi infantil, manipulada por su nieta.

Y tuvo que entrar en la habitación de las niñas, Adela jugaba a solas, cara a la pared, escuchaba música con los cascos puestos y no se enteró de nada, la pequeña se le acercó como un ángel, de veras, Ariadna se creía entonces un ángel o algún otro ser superior; un doctor, un maestro, una presentadora de algún programa de la televisión;

—Papá, si estás triste por mí puedo ser cualquier otra persona, puedo hacerme pasar por cualquier persona querida de tu pasado.

Y a su padre casi se le cayeron las lágrimas, era muy raro lo que le decía esa niña, su hija, era como si el mundo se hubiera vuelto ya definitivamente ajeno.

—Papá si ya no eres feliz podemos volver a esos días cuando sí lo eras, si me funciona con la abuelita…

Y el padre no pudo retener alguna lágrima. ¿Para qué esperar? Pensó. ¿Qué sentido tiene esperar a la vejez? ¿Por qué tengo que sufrir toda una vida? ¿Por qué no elegir mi propia realidad?

—Bien hija, vamos a figurarnos que yo soy el dueño de una gran fábrica de cerebros y tú eres mi hija pequeña.

—Vale.

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